¿Qué dijo el único testigo que presenció el secuestro de Anabel Segura y qué pasó con él?

El trabajador fue el único que escuchó los gritos de Anabel Segura cuando fue secuestrada e intento auxiliarla, pero su esfuerzo fue en vano.

Por:

Luciana Godoy

El jardinero fue el único testigo del secuestro de Anabel. Fuente: Producción La Península ES/Canvapro.

El 12 de abril de 1993, a las 14:30 horas, Antonio, de 62 años, estaba desempeñando su labor como jardinero del Colegio Escandinavo cuando escuchó gritos de auxilio. Inmediatamente, corrió hasta el lugar de donde provenía, pero no pudo llegar a tiempo para ayudar a la persona que estaba en peligro. Solo vio como una furgoneta blanca, se perdía a lo lejos y solo había dejado como evidencia ropas y el aparato musical de Anabel Segura, una joven de 22 años que residía en el coqueto barrio residencial de La Moraleja. Así fue como la vida monótona del trabajador dio un giro de 180 grados, dado que su testimonio era el único que podía ayudar a encontrar a la chica que vivió un calvario de 900 días hasta su muerte.

Hace unos días se estrenó el documental de tres capítulos en Netflix llamado 900 días sin Anabel, el cual volvió a poner en escena el secuestro y asesinato de Anabel Segura y generó que los fans del truecrime comenzaran a buscar noticias sobre qué pasó durante esos días en que los medios españoles cubrieron un caso que conmocionó el país, La Península ES dedicó varias notas sobre el suceso y ahora revelará que pasó con el jardinero.

Anabel se había encontrado antes de su secuestro con el jardinero. Fuente: Producción La Península Es / Netflix

El jardinero, el único testigo inservible

Si hay algo que puede perjudicar a una investigación policiaca es que el único testigo de un secuestro solo pueda afirmar que la camioneta era blanca y no aporte otro dato como la matrícula o alguna característica física de los perpetradores del hecho. A partir de esa situación, los oficiales de Policía decidieron recurrir a la hipnosis, apostando que en algún lugar de la mente de Antonio había quedado un dato sobre ese día.

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Corría el año 1994, un año después del hecho, la Policía fue hasta el hogar, ubicado el único testigo que los podía ayudar y lo trasladó a una dependencia policial. Allí lo esperaba un psicólogo que había preparado la sala de interrogaciones con luces tenues y un cómodo sofá para que el hombre se relaje. Así, con voz tranquila le preguntó sobre ese día de abril, pero no pudo hacer mucho porque el hombre no sabía más de lo que había dicho.

Aun así, los policías hicieron otro intento más por utilizar esa práctica y un mes después se presentaron en la puerta de la casa ubicada en el barrio La Hortaleza, a 12 kilómetros de La Moraleja, lugar donde vivía la joven. En esta oportunidad utilizaron los servicios de un hipnotizador a un especialista de prestigio de Majadahond. En la sesión, el hombre de 62 años se tumbó en un diván ubicado en una habitación que estaba en penumbras y le masajearon dulcemente el rostro para que se relaje.

“Hágase a la idea de que oye las olas del mar”, pero Antonio, por más que lo intentaba, no podía trasladar su mente, hacia ese lugar porque estaba muy nervioso y solo sentía sus manos frías. Las preguntas comenzaron a aparecer junto con los números de matrícula, pero nada funcionaba. El pobre hombre solo pudo confirmar mediante la sinopsis que su relato era verdadero. Ofuscados, preocupados y abatidos por un caso que no podían resolver, los uniformados llevaron a Antonio a su casa y solo le dijeron que iban a volver por él.

¿Cuál fue la declaración de Antonio?

La palabra de Antonio era, en ese entonces, la más buscada, ya que todos querían saber qué había visto ese día. Sin embargo, nunca habló con la prensa y siempre estuvo dispuesto a ayudar a la Policía a encontrar a Anabel.

Sobre ese día, el jardinero contó que a pesar de ser un día festivo, decidió acudir a su puesto de trabajo, para “hacer unos arreglillos a las plantas”. A ese lugar llegó con su Ford Fiesta que estacionó en las cercanías del colegio Escandinavo, en la urbanización de La Moraleja, cerca de las 14.30, cuando divisó a una joven que describió como rubia, alta, vestida con ropas deportivas y relató que estaba de paseo y escuchaba música con unos cascos. No era la primera vez que la veía y aseguró que era Anabel Segura.

La situación era como cualquier otra, Antonio ingresó al centro, mientras la chica siguió su camino por la acera de enfrente, en dirección al colegio Base. 20 minutos pasaron de su encuentro, 14.50, cuando el jardinero escuchó una llamada de auxilio. “¡Socorro!”, cruzó el jardín y salió a la calle corriendo. Allí vio una furgoneta blanca que se iba a toda en marcha.

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En el trajín pudo distinguir a dos hombres, uno agazapado y otro, al volante, de rostro moreno. El hombre los insultó y logró que el conductor lo mirara, pero el vehículo sin ventanas traseras, del tipo Renault-4, aceleró. “Si llegó un poco antes, los agarró”, dijo con indignación el único testigo del secuestro de la joven de 22 años. En la acera solo pudo hallar el casete portátil, la cinta, la chaqueta deportiva y la camiseta. Presumiblemente, Anabel se había resistido a los secuestradores y durante el forcejeo perdió la ropa de cintura para arriba.

Ofuscado, fue rápido a su auto para seguir a la furgoneta y alertar a la Guardia Civil. En el trayecto se encontró con un vigilante jurado, con perro pastor alemán, al que contó lo sucedido. Fue este guarda quien avisó a la policía. Desde entonces, la búsqueda del paradero de Anabel Segura se convirtió en una odisea de 900 días hasta que encontraron a la joven sin vida.

El infortunio del hombre comenzó ese día que lo llevó incluso a perder su trabajo. Aun así, manifestó su total disposición a ayudar a la familia de la víctima. “He sufrido pesadillas y aún paso noches en vela. Pero tengo la absoluta certeza de que Anabel aún vive”, afirmó. Lamentablemente, el final no fue bueno.

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